Vieques

Las Abejas de Monte Carmelo

"Vieques, Una Guía Fotográficamente Ilustrada de la Isla, Su Historia y Su Cultura"

Durante las décadas de 1940 y 1950, la Marina de Guerra de los Estados Unidos expropió tres cuartas partes de las tierras de Vieques que se consideraban propiedad privada.

Cercaron esta tierra y la usaron como vertedero de municiones en el lado oeste de la isla y para pruebas de bombardeo en el este. Además, reclamaron propiedad sobre grandes extensiones de tierra adyacentes a estas cercas que no estaban siendo usadas ni estaban identificadas. Los límites y fronteras exactos de estas parcelas, que la Marina llamó zonas de registro intermedio, eran ambiguos.

Los expropiados viviendo amontonados en las parcelas asignadas por el gobierno empezaron a construir casas en estos espaciosos terrenos vacíos, sin que se opusiera la Marina ni nadie más. Tal fue el caso de una extensión de tierra hoy conocida como Monte Carmelo.

Carmelo Félix, su esposa María Velásquez y su familia decidieron construir una casa en la cima de una colina que se halla justo al oeste del área reclamada por la Marina.

Abrieron un camino escabroso de una milla de longitud hasta la colina empinada, llevaron materiales de construcción de lo mejor que pudieron y construyeron su casa sin las facilidades normales que suple el gobierno tales como agua o electricidad. Levantaron su familia, plantaron árboles y jardín, mantuvieron animales y cultivaron miel de abejas.

La familia vivió allí por varios años sin ser molestada, hasta que un día llegaron desde San Juan cuatro alguaciles federales. Habían venido a Vieques a desalojar a los Felixes, reclamando que ellos habían entrado ilegalmente a lo que se consideraba terreno de la Marina.

En San Juan un desaucio se lleva a cabo de la siguiente manera: Los alguaciles llegan y entregan a los que van a ser desalojados los papeles de la corte. Si estos no salen por su propia voluntad, los alguaciles sacan de la residencia todas las propiedades de sus ocupantes y las depositan en el área pública más cercana, usualmente la calle al frente de la casa. Los residentes son forzados entonces a salir de la propiedad y sufrirán para poder cuidar de sus cosas.

Pero los alguaciles encontraron una situación diferente cuando llegaron a la casa de Carmelo y María.

La familia se rehusó a salir alegando que la Marina no tenía derecho sobre la tierra, que no la había identificado y que no había señales, cercas u otras indicaciones de que la tierra sobre la cual su humilde vivienda se levantaba perteneciera a la Marina de los Estados Unidos.

Como ya se mencionó, la casa de los Felixes estaba al final de un camino de tierra muy áspero y de una milla de longitud que comenzaba abajo en la carretera. La Marina estaba reclamando que toda la tierra al este de la carretera era suya, lo cual situaría el área pública más cercana a cierta distancia de la casa. Sería imposible para los cuatro alguaciles, sin un vehículo apropiado, efectuar el desaucio en la forma habitual, es decir, ellos no podían cargar loma abajo y a pie todas las pertenencias de los Felixes.

Así que los alguaciles entregaron los papeles, subieron a su vehículo y bajaron por el camino hasta los cuarteles de la Marina para explicar la situación. Mientras tanto, toda la comunidad se enteró del problema de la familia Félix y amigos, familiares y demás personas que decidieron apoyarlos empezaron a llegar a la casa en grupos.

En los cuarteles de la Marina, un oficial de alto rango reunió un grupo de cinco reclutas, quienes aparentemente estaban jugando un partido de básquetbol, para ayudar a los alguaciles con el desalojo. También pusieron a disposición de estos un camión de carga cubierto lateralmente y una furgoneta acondicionada para transporte de carga. Además, se llamó por teléfono a la Base Naval de Roosevelt Roads en Ceiba, a los cuarteles de los Alguaciles de los Estados Unidos en San Juan y al Departamento de Policía de Vieques.

Cuando todas las piezas estuvieron en su lugar, se reunieron los mismos cuatro alguaciles federales, armados y en uniforme; otro de más alto rango de la oficina de alguaciles y el Abogado General del Juez de los Roosevelt Roads en San Juan, ambos vistiendo traje y corbata; y los cinco reclutas desarmados vistiendo sus pantalones cortos y camisetas de jugar básquetbol. Todos subieron al Monte Carmelo en los dos vehículos.

Eran abucheados por el pueblo que estaba reunido y continuaba reuniéndose alrededor de la casa de los Felixes. Por fortuna, el Departamento de Policía de Vieques, aduciendo falta de jurisdicción sobre lo que ahora se decía ser propiedad federal, rehusó a participar en el desalojo.

Los alguaciles llegaron a la puerta una vez más, leyeron los papeles pidiendo que los Felixes abandonaran la propiedad y, al recibir una respuesta negativa de Carmelo, entraron en la casa. Adentro estaban cuatro generaciones de la familia Félix, desde abuelos hasta chiquillos y bebés de brazos.

Los alguaciles y los hombres de la Marina comenzaron a sacar las pertenencias de la familia y a cargarlas en el camión que habían parqueado afuera, donde eran rechiflados e insultados por el pueblo. Después que los artículos más pesados, como los muebles que María acababa de comprar y que todavía no había pagado, fueron cargados, el equipo de la Marina envolvió las cosas más pequeñas en sábanas de cama y las llevo al camión, todo el tiempo tratando de ignorar las lágrimas de las mujeres y los niños y la consternación de los abuelos y demás familia.

Podía verse como el camión de carga se iba llenando con sillas y mesas, cunas de bebé y camas, lámparas y artículos de cocina, Biblia, libros y un nuevo conjunto de enciclopedias que María acababa de comprar y todavía no había pagado.

En algún momento, alguien, nadie sabe quien o al menos nadie quiere decirlo, posiblemente uno de los niños, trajo dos cajas de abejas dentro de la casa. Una caja contiene una colmena completa con aproximadamente 35,000 abejas. Se supone que las cajas deben manipularse con cuidado para no alborotar a las abejas.

A través de señales; a través de comunicaciones en español, un lenguaje que los alguaciles no entendían fácilmente; y a través del sólo conocimiento cultural y general de las abejas y sus cajas, los Viequenses silenciosamente y sin armar escándalo salieron de la casa y se reunieron afuera.

Uno de los reclutas en pantalón corto y camiseta levantó una de las cajas y la lanzó al siguiente hombre en línea, quien a su vez se la pasó al tercero. Luego, la segunda caja fue recogida y lanzada sin el más mínimo cuidado.

Las abejas no reaccionaron durante los primeros treinta segundos o algo así, pero después sí lo hicieron. Setenta mil abejas enojadas se arremolinaron alrededor de los reclutas de la Marina, quienes salieron corriendo por la puerta y descendieron por el camino a medida que aplastaban las abejas que los picaban. Los Viequenses permanecieron calmados y quietos sabiendo que las abejas raramente pican a quien no hace ningún movimiento.

A estas alturas, el alguacil jefe en traje y corbata decidió que ya era tiempo de cerrar el día y llevar los camiones con su carga acumulada colina abajo. El camión de carga estaba parqueado frente a frente con la furgoneta y necesitaba dar marcha atrás antes de poder acceder al camino.

Tan pronto el alguacil jefe ordenó a sus hombres subir al camión y partir, Carmelo brincó encima de las llantas traseras del camión y empezó a gritar que ellos tendrían que arrancar con él encima y matarlo antes de que les permitiera salir llevándose las pertenencias de su familia.

En medio de toda esta confusión: multitud abucheando, abejas furiosas cazando a los reclutas de la Marina, y Carmelo gritando como un loco; alguien se dio cuenta que del camión de carga estaba saliendo humo. ¡El camión se estaba quemando! (No se sabe cómo se inició el fuego o quien lo inició. Sin embargo, una cinta de video filmada por alguno de los que allí estaban muestra a uno de los hombres en traje y corbata encendiendo un cigarrillo y entrando después al camión, sólo minutos antes de que empezara el fuego.)

Carmelo salió de debajo de las ruedas y le gritó a los alguaciles que movieran el camión lejos de la furgoneta antes de que esta se quemara también. "Nadie toca ese camión," fue la respuesta, y en unos pocos minutos la furgoneta también ardió en una llamarada de fuego y humo que podía verse desde casi todo lugar de la isla.

Más gente llegó a ver lo que estaba pasando. El oficial de la Marina pidió ayuda por radio y pronto un equipo del SWAT de la Marina portando armas automáticas llegó a Monte Carmelo para escoltar a los alguaciles y a los hombres de la Marina de regreso a la base. Los alguaciles declararon que el desalojo se había cumplido y el orden fue restaurado.

Los Felixes regresaron a su casa y con la ayuda de amigos, familiares y vecinos, pudieron volver a levantarse. Carmelo y María, sus hijos y sus nietos viven hasta el día de hoy en el lugar donde ondea una enorme bandera de Puerto Rico, en la cumbre de lo que ahora se llama Monte Carmelo.